QUARTET ATENEA

BENET CASABLANCAS
(Sabadell 1956)

Cuarteto de cuerda n.º 3 "Ranging in the Dark"

(2008-2009) – 23′

I. Moderato
II. Lento Assai
III. Con moto
IV. Molto lento


JERUSALEM QUARTET

WOLFGANG AMADEUS MOZART
Salzburgo 1756 - Viena 1791

Cuarteto de cuerda n.º 21 en Do mayor, KV 575 "La Violeta" (Prussian Quartet n.º 1)

24’

I. Allegretto
II. Andante
III. Menuetto: Allegretto
IV. Allegretto

 

ERICH WOLFGANG KORNGOLD
(Brno, actualmente República Checa 1897 – Los Angeles 1957)

Cuarteto de cuerda n.º 2 en Mi b mayor, op. 26

24’

I. Allegro
II. Intermezzo (Allegretto con moto)
III. Larghetto (Lento)
IV. Waltz (Tempo di Valse)

 

PAUSA 15′

 

ANTONÍN DVORÁK
(Nelahozeves, actualmente República Checa 1841 – Praga 1904)

Cuarteto de cuerda n.º 12 en Fa # mayor, op. 96

26’

I. Allegro ma non troppo
II. Lento
III. Molto vivace
IV. Finale: vivace ma non troppo

 

JERUSALEM QUARTET

Alexander Pavlosky, violín
Sergei Bresler, violín
Ori Kam, viola
Kyril Zlotnikov, violonchelo

 

QUARTET ATENEA

Gil Sisquella, violín
Jaume Angelès, violín
Bernat Santacana, viola
Iago Domínguez, violonchelo

COMENTARIO

por Ana García Urcola

Este segundo concierto de la Bienal de Cuartetos abarca más de dos siglos de música, y para ello, qué mejor que unir a una agrupación veterana con más de veinticinco años de exitoso quehacer, como es el Cuarteto Jerusalem, con unos jóvenes pero ya experimentados y premiados músicos como los del Cuarteto Atenea.

Entre 1789 y 1790 Mozart cumple con el encargo recibido del rey Federico II de Prusia componiendo tres cuartetos que prestan especial atención al violonchelo, instrumento de predilección del monarca. El primero de ellos, el n.º 21 KV 575 en Re mayor, se caracteriza por su espíritu concertante que no se opone a la utilización virtuosa de cada instrumento, sino que más bien establece una alegre complicidad entre los cuatro. Como peculiaridad formal, señalar que tres de los cuatro movimientos son allegrettos de un carácter pretendidamente jovial pero no exentos de cierta densidad emocional. Una escritura de gran claridad y pureza de líneas emparenta a esta obra con sus estrictos contemporáneos, la ópera Così fan tutte y el Quinteto para clarinete.

Niño prodigio nacido en una familia judía vienesa que participaba activamente en la vida cultural de la ciudad, Erich Wolfgang Korngold (1897-1957) forma parte de esos compositores de la primera mitad del XX que deciden mantenerse en la tradición post-romántica heredera de Zemlinsky, Mahler y Strauss y evolucionar dentro de ese lenguaje enriqueciéndolo con sus aportaciones personales en lugar de llevar a cabo una ruptura radical. Su carrera en los primeros años está jalonada de éxitos que culminan con el estreno de su ópera Die tote Stadt en 1920. Nunca rechazó ningún género musical, muy al contrario, fruto de lo cual es su colaboración como compositor de música de escena a partir de 1929, lo que le llevará a Hollywood en 1934 invitado por el realizador Max Reinhardt, que había huido del recién instaurado régimen nazi. A pesar de un breve retorno a Europa en 1937, pudo salir de nuevo antes de la ocupación nazi de Austria e instalarse definitivamente en los EEUU, convirtiéndose en uno de esos refugiados judíos que contribuyeron a hacer del cine hollywoodense y de los musicales de Broadway lo que llegaron a ser. Este bellísimo Cuarteto n.º 2 en Mi b op. 26 compuesto en 1933 es una perfecta muestra del estilo de Korngold, que aúna la tradición compositiva de los autores citados con cierto regusto de opereta en el primer movimiento, muestra con humor y exquisito gusto la influencia del folclore austriaco en el segundo, juega con los timbres y se deja tentar por el expresionismo en el tercero y cierra con un delicioso vals al que somete a mil variaciones hasta un final embriagador.

Hondamente impresionado por su estancia en los EE. UU., Dvorák quiso introducir la música popular de este país en su producción, como había hecho previamente con la música tradicional checa. Durante su estancia como director de un afamado conservatorio en Nueva York (1892-1895) escribió bajo esta inspiración algunas de sus obras más conocidas, como el Cuarteto Americano. Esta oda a ese crisol de razas se abre con una melodía folk de evocación irlandesa a la que sucederán espirituales negros (el melancólico primer tema del segundo movimiento), melodías indígenas e incluso el canto de un pájaro americano como tema principal del tercer movimiento. Todo ello hilado sobre una estructura de corte clásico inspirada, según palabras del propio compositor, por el padre de esta forma musical: Joseph Haydn.

Según dice William B. Yeats en el poema que da nombre a este Cuarteto n.º 3 de Benet Casablancas (1956), “furioso entre las sombras” está el hombre que ha escogido la perfección en su obra, rechazando la perfección vital y una “morada celestial”. Juegos de texturas que van de lo más denso a la liviandad casi total, viveza rítmica y despliegue lírico, búsqueda de la emoción a través de los timbres, contrastes y virtuosismo instrumental para conciliar la indudable exigencia del creador en su producción artística y el torrente de sensaciones que produce en el oyente en este camino desde la oscuridad de la noche hasta la luz.

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