L'Auditori y la OBC dedican este concierto a la memoria de Jordi Maluquer a quien hemos despedido esta semana. Jordi Maluquer era miembro de la comisión artística de L'Auditori y fue también miembro del consejo rector. Con esta dedicatoria L'Auditori quiere rendir homenaje a su figura y a su enorme aportación a la cultura.

 

JOHANN SEBASTIAN BACH
(Eisenach, Alemania 1685 - Leipzig 1750)

Concierto de Brandeburgo n.º 3 en Sol Mayor, BWV 1048

(1711-1713) – 10′

Allegro – Adagio – Allegro

 

ELLIOTT CARTER
(Nueva York 1908 – 2012)

Interventions para piano y orquesta

1.ª audición – 15′

Pierre-Laurent Aimard, piano

 

ROBERT SCHUMANN
(Zwickau, Alemania 1810 – Endenich, Alemania 1856)

Introducción y allegro para piano y orquesta, op. 134

(1853). 1.ª audición – 15′

Pierre-Laurent Aimard, piano


PAUSA 20'


BETSY JOLAS
(París 1926)

Letters from Bachville

(2019) – 1.ª audición – 16′

 

GUSTAV MAHLER
(Kalischt, actualmente República Checa 1860 – Viena 1911)

Sinfonía n.º 3 en re menor

(1893-1896) – 25′

VI. "Lo que me cuenta el amor" Langsam. Ruhevoll. Enfundan

ORQUESTA SINFÓNICA DE BARCELONA Y NACIONAL DE CATALUÑA
LUDOVIC MORLOT, DIRECCIÓN
PIERRE-LAURENT AIMARD, PIANO

 

PRIMEROS VIOLINES  Jaha Lee, concertino asociada / Raúl García, asistente de concertino / Sarah Bels / Walter Ebenberger / Ana Galán / Natalia Mediavilla / Katia Novell / Pilar Pérez / Jordi Salicrú / Gabriel Graells* / Ana Kovacevic* / Ariana Oroño* / Francesc Puche* / Yulia Tsuranova*  SEGUNDOS VIOLINES Alexandra Presaizen*, solista / Emil Bolozan, asistente / Maria José Balaguer / Jana Brauninger / Mireia Llorens / Melita Murgea/ Josep Maria Plana / Robert Tomàs / Andrea Duca* / Diedrie Mano* / Sei Morishima* / Laura Pastor*  VIOLAS Aine Suzuki, solista / Yuval Gotlibovich*, asistente invitado / David Derrico / Christine de Lacoste / Franck Heudiard / Sophie Lasnet / Miquel Serrahima / Jennifer Stahl / Michel Millet / Andreas Süssmayr  VIOLONCHELOS Charles-Antoine Archambault, solista / Jose Mor, solista / Lourdes Duñó / Vincent Ellegiers / Marc Galobardes / Jean Baptiste Texier / Irene Cervera* / Elena Gómez* CONTRABAJOS Christoph Rahn, solista / Dmitri Smyshlyaev, asistente / Jonathan Camps / Matthew Nelson / Albert Prat / Josep Mensa  FLAUTAS Francisco López, solista / Beatriz Cambrils / Christian Farroni, asistente / Ricardo Borrull, flautín OBOES   Dolores Chiralt, asistente/ José Juan Pardo / María José Meniz* / Pau Roca*, corno inglés CLARINETES  Josep Fuster, asistente / Francesc Navarro / Lluís Casanova*, clarinete en mi bemol / Maria Carmen García*, clarinete en mi bemol / Alfons Reverté, clarinete bajo / Joaquín Meijide*, clarinete contrabajo  FAGOTS Silvia Coricelli, solista / Noé Cantú / Thomas Greaves, asistente / Slawomir Krysmalski, contrafagot TROMPAS Juan Manuel Gómez, solista / Joan Aragón / Juan Conrado García, asistente / Pablo Marzal, asistente de tercero / Claudia Cobos* / Alma García* / Pedro Meseguer* / Sebastià Rio*  TROMPETAS Mireia Farrés, solista / Adrián Moscardó / Angel Serrano / Andreu Moros* TROMBONES Eusebio Sáez, solista / Vicente Pérez / Gaspar Montesinos, asistente / Juan Luis Bori*, trombón bajo TUBA Daniel Martínez * TIMBALAS Marc Pino, asistente PERCUSIÓN Juan Francisco Ruiz / Ignasi Vila / Miquel Angel Martínez * / Manuel Rueda * ARPA Magdalena Barrera, solista CONTINUO Eva del Campo* PIANO Y CELESTA Jordi Torrent*

ENCARGADO DE ORQUESTA Walter Ebenberger
RESPONSABLE DE DOCUMENTACIÓN MUSICAL Begoña Pérez
RESPONSABLE TÉCNICO Ignacio Valero
PERSONAL DE ESCENA Luis Hernández *

* Colaborador

COMENTARIO

por Juan Carlos Moreno

El amor, de la misma manera que la muerte, es un concepto que atraviesa toda la música de Gustav Mahler. A veces lo hace de una forma personal e íntima, como en el famoso adagietto de la Sinfonía n.º 5, toda una declaración amorosa a quien sería su esposa, Alma Schindler, pero otras veces, con un sentido más universal y panteísta. Es el caso de la Sinfonía n.º 3, una obra de escala monumental que, dejándose contaminar por el lied, la cantata o el poema sinfónico, hace realidad el deseo demiúrgico del compositor de construir todo un mundo con su música. Como el propio Mahler reconoció a la soprano Anna von Mildenburg, “mi sinfonía será algo que nadie ha escuchado jamás; en ella, es la misma naturaleza la que toma voz y comunica secretos tan profundos que quizá solo se han intuido en sueños”.

La naturaleza, pues, es la gran protagonista de esta obra, cuyos seis movimientos proponen una especie de recorrido cosmológico que parte de la materia inanimada y se eleva hasta la divinidad, tal como se aprecia en los epígrafes que Mahler imaginó para cada uno de ellos: “Pan se despierta. Llega el verano”, “Lo que me enseñan las flores del prado”, “Lo que me enseñan las criaturas del bosque”, “Lo que me enseña el hombre”, “Lo que me enseñan los ángeles” y “Lo que me enseña el amor”. Este último es un extenso adagio cuyo tema es el amor, sí, pero un amor divino, ya que, en palabras del compositor, “Dios solo puede ser entendido como amor”. El inicial aliento contemplativo de esta música va ganando en intensidad y fuerza hasta la ascensión final, un gran coral polifónico a cargo de los metales que se puede interpretar como la glorificación de toda criatura viviente.

En comparación con la orquesta mahleriana, la de los seis Conciertos de Brandeburgo es poco más que un conjunto de cámara. Efectivamente, los efectivos son reducidos, pero lo que llama más la atención de esta colección es la heterogeneidad instrumental: bien porque Johann Sebastian Bach se adaptó a las particularidades de las orquestas que encontró en las cortes de Weimar y Köthen, bien por una voluntad de experimentar con diferentes combinaciones tímbricas, el hecho es que ninguno de los seis conciertos presenta una misma instrumentación. El Tercero, en concreto, prescinde de los instrumentos de viento para dar todo el protagonismo a tres grupos formados por tres violines, tres violas y tres violonchelos, a los que hay que sumar un violone (una especie de contrabajo) y un clavicémbalo en funciones de continuo. A veces fusionando las secciones para conseguir un sonido orquestal homogéneo, otras veces separándolas para hacerlas dialogar, rivalizar o imbricarse contrapuntísticamente e, incluso, otorgando a los instrumentos de cada grupo un rol solista individual, Bach explora aquí todas las combinaciones posibles de esta formación instrumental. Otra particularidad de esta obra es la ausencia de movimiento central lento: el adagio queda reducido a una breve cadencia de transición.

La música de Bach está presente en Letters from Bachville (Cartes desde Bachville), de Betsy Jolas, una compositora que, a diferencia de muchos de sus colegas de generación, no ve la tradición como algo obsoleto que hay que rechazar, sino como un punto de partida para descubrir nuevos horizontes. El título evoca Leipzig, la ciudad en la que Bach vivió gran parte de su vida y donde escribió algunas de sus composiciones más trascendentales, como la Pasión según San Mateo, El arte de la fuga o las Variaciones Goldberg. Citas de algunas de estas, no siempre fáciles de reconocer por su carácter fragmentario y fugaz; los nuevos colores instrumentales, y la recontextualización a que son sometidas, aparecen en esta obra, que Jolas define como un paseo por una ciudad soñada en la que el recuerdo de Bach se hace presente a cada paso que se da.

La Leipzig evocada por Jolas fue también la ciudad de Robert Schumann. Escrita entre el 24 y el 30 de agosto de 1853 como regalo a su esposa Clara, Introducción y Allegro de concierto en re m, op. 134, es una de las últimas composiciones que pudo terminar antes de caer enfermo y ser internado en un sanatorio. Aunque es menos conocida que el Concierto para piano, op. 54, o la Introducción y Allegro appassionato, op. 92, la obra es fascinante por su espíritu romántico, con cambios de carácter rápidos y repentinos, y unas ideas que parecen surgir de la nada sin necesidad de transiciones.

El espíritu concertante y virtuosístico también está presente en Interventions (Intervenciones), una obra que Elliott Carter escribió en 2008 para satisfacer un encargo de la Orquesta Sinfónica de Boston. El hecho de que los intérpretes previstos para su estreno fueran el director de orquesta James Levine y el pianista Daniel Barenboim fue primordial para definir la original estructura de la partitura, una síntesis entre variación (representada por una parte pianística que parece una sucesión de piezas de carácter) y continuidad (marcada por un discurso orquestal con todo el aliento de un poema sinfónico). Los dos intérpretes también están presentes en el irónico choque de egos provocado por la afinación de la orquesta en la (alusiva a Levine) y su corrección por el piano a si b (b en notación alemana, en referencia a Barenboim), que da lugar a una rivalidad constante a lo largo de toda la obra.

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