FELIX MENDELSSOHN
(Hamburgo 1809 – Leipzig 1847)

Sueño de una noche de verano, op. 61

Selección – 15′

Nocturne
Scherzo
Marcha nupcial

Concierto para violín y orquesta n. 2 en mi menor, op. 64

(1844) – 27′

Allegro molto appassionato
Andante
Allegretto non troppo – Allegro molto vivace

Fumiaki Miura, violín

 

PAUSA 20'

 

JOHANN SEBASTIAN BACH
(Eisenach 1685 – Leipzig 1750)

Concierto para dos violines en re menor, BWM 1043

(1717-1723) – 16′

Vivace
Largo, ma non tanto
Allegro

Fumiaki Miura, violín
Pinchas Zukerman, violín

 

FELIX MENDELSSOHN

Sinfonía n. 4 en La Mayor, op. 90, "Italiana"

(1833) – 26′

Allegro vivace
Andante con moto
Con moto moderato
Saltarello: Presto

ORQUESTA SINFÓNICA DE BARCELONA Y NACIONAL DE CATALUÑA
PINCHAS ZUKERMAN, VIOLÍN Y DIRECCIÓN
FUMIAKI MIURA, VIOLÍN

 

PRIMEROS VIOLINES  Jaha Lee, concertino asociada / Sarah Bels / Walter Ebenberger / Ana Galán / Natalia Mediavilla / Katia Novell / Pilar Pérez / Jordi Salicrú / Paula Bancivo* / Vladimir Chilaru* / Daniel Gil* / Sei Morishima* / Ariana Oroño / Yulia Tsuranova*  SEGUNDOS VIOLINES Jennifer Moreau*, solista invitada / Emil Bolozan, asistente / Jana Brauninger / Claudia Farrés / Mireia Llorens / Melita Murgea / Josep Maria Plana / Robert Tomàs / Cristian Benito* / Andrea Duca* / David Olmedo* / Elitsa Yancheva*  VIOLAS Domingo Mujica *, solista invitado / David Derrico / Christine de Lacoste / Franck Heudiard / Sophie Lasnet / Michel Millet / Miguel Serrahima / Jennifer Stahl / Andreas Süssmayr / Irene Argüello*  VIOLONCHELOS  Jose Mor, solista / Lourdes Duñó / Marc Galobardes / Jean Baptiste Texier / Jordi Claret* / Eduard Raventós* / Inés Sanz de Bermond* CONTRABAJOS Dmitri Smyshlyaev, asistente / Jonathan Camps / Apóstol Kosev / José Mensa / Matthew Nelson / Albert Prat  FLAUTAS Francisco López, solista / Ricardo Borrull, flautín  OBOES   Dolores Chiralt, asistente / José Juan Pardo  CLARINETES Javier Balaguer*, solista invitado / Francisco Navarro  FAGOTS Thomas Greaves, asistente / Noé Cantú  TROMPAS Juan Conrado García / David Bonet  TROMPETAS Angel Serrano, asistente / Adrián Moscardón / Andreu Moros*  TROMBONES Eusebio Sáez, solista / Antoni Duran* / Juan Luis Bori*, trombón bajo  TUBA Daniel Martínez *  TIMBALAS Fernando Llopis *, solista invitado PERCUSIÓN Juan Francisco Ruiz  CONTINUO Daniel Espasa *

ENCARGADO DE ORQUESTA Walter Ebenberger
RESPONSABLE DE DOCUMENTACIÓN MUSICAL Begoña Pérez
RESPONSABLE TÉCNICO Ignacio Valero
PERSONAL DE ESCENA Luis Hernández *

* Colaborador

COMENTARIO

por Xavier Chavarria

Felix Mendelssohn, nacido en Hamburgo el 3 de febrero de 1809 en una familia rica y culta de origen judío, fue educado en la tradición liberal del humanismo alemán y en un ambiente propicio para desarrollar el enorme talento que mostró de muy pequeño. Alumno de Karl Friedrich Zelter, que le inculcó el amor por la ciencia musical de Johann Sebastian Bach, de muy joven ya tocaba el piano, el violín y el órgano; leía con avidez y escribía poesía; pintaba con mucha maña (lo hizo toda la vida) y llegó a dominar seis lenguas. A los 15 años, había escrito una docena de sinfonías de cuerda y un centenar de piezas para piano, de cámara y canciones, y dirigía los conciertos que se daban en el pabellón del palacete Rebeck de Berlín, donde vivía su familia.

Fue en esta etapa de adolescencia cuando, conmovido por la lectura del Sueño de una noche de verano de William Shakespeare (en la traducción alemana de Friedrich Schlegel), compuso una obertura deliciosa y chispeante que evoca con una sorprendente riqueza tímbrica el ambiente mágico y divertido de la obra teatral. La escribió en cuatro semanas, en verano de 1826, y sonó por primera vez en un concierto celebrado en Stettin (entonces Prusia, actualmente Polonia) el 20 de febrero de 1827, dirigido por Carl Loewe: Mendelssohn acababa de cumplir 18 años, y en aquel concierto también sonaron su Concierto para dos pianos (él actuó como solista) y, en la segunda parte, la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven, en la que el joven músico tocó con los primeros violines. Quince años más tarde, incorporó esta obertura a la música de escena sobre la obra de Shakespeare que le encomendó el rey Federico Guillermo IV de Prusia, que era un gran amante de las artes. Incluyó voces solistas y coro, y la obra completa se entrenó el 14 de octubre de 1843 en el palacio de Potsdam, acompañando la representación teatral montada por Ludwig Tieck. Hoy escucharemos una selección de pasajes instrumentales, llenos de imágenes sugerentes, sutilezas sonoras y juegos de citas que convierten esta obra en una de las más redondas de toda su producción.

Es del todo acertada la inclusión de música de Bach en este repertorio, no solo porque Mendelssohn le debe mucho a Bach, sino también porque fue él, estimulado vivamente por su maestro Zelter, quien resucitó la música del kantor de Leipzig ochenta años después de su muerte. El estudio a fondo de la Pasión según San Mateo lo animó a montar y dirigir la obra entera en la Sing-Akademie de Berlín el 11 de marzo de 1829, en lo que representó el inicio de la recuperación del legado bachiano. El Concierto para dos violines, BWV 1043, fue escrito por Bach durante su etapa en la corte de Köthen, hacia 1720, y es uno de los pocos conciertos que nos ha llegado en la forma original. Sigue el esquema italiano tripartito, y el tratamiento de los solistas es de absoluta igualdad, sin excesos de virtuosismo pero con un diálogo muy intenso con la orquesta. Será muy interesante vivir el duelo entre los dos magníficos solistas del concierto de hoy, de generaciones y escuelas tan diferentes (y con instrumentos aparentemente antagónicos entre manos: uno toca un Stradivarius, y el otro, un Guarnieri), pero unidos por el arte de Bach. El Largo ma non tanto central, a ritmo de siciliana, es de una belleza abrumadora.

A principios de 1830, justo después de haber vuelto de su viaje por las islas británicas, la Universidad de Berlín ofreció a Mendelssohn la cátedra de música, pero no la aceptó: su prioridad era emprender el viaje iniciático a Italia, aquel Grand Tour que ya habían hecho muchos otros artistas románticos de la época, incluso su admirado Johann Wolfgang von Goethe. Se marchó en otoño de 1830 y estuvo ahí un año largo. Desde Venecia escribió, entusiasmado, una carta a su hermana Fanny: «¡Aquí me tienes, en Italia! Por fin se ha hecho realidad el sueño más bonito de mi vida». Venecia, Florencia, Nápoles, Pompeya y unos cuantos meses viviendo en la Piazza di Spagna de Roma estimularon la inspiración del joven músico, que tradujo en sonidos todas las sensaciones que le había suscitado su admirada y «eternamente alegre» Italia. En otra carta a su madre, le anunciaba la composición de una «bonita sinfonía sobre el campo italiano», y aquí se incubó la Sinfonía en la mayor, “Italiana”. Mendelssohn, sin embargo, no tuvo en ningún momento una preocupación descriptiva: solo quiso expresar sus propios sentimientos y todo lo que había despertado en él aquel país con sus monumentos, sus paisajes y su gente. Pero el bullicio, los sonidos, la luz y los colores de aquel país son fácilmente identificables desde el allegro vivace inicial, o en el solemne andante, seguramente inspirado en una procesión que presenció en Roma, y especialmente en el movimiento final, un saltarello de carácter popular (que en realidad es una tarantela) vinculado a las danzas que conoció en esta estancia.

Los primeros esbozos datan de aquellos meses en Italia, curiosamente cuando estaba trabajando en la Sinfonía escocesa, pero no la terminó hasta tres años más tarde, aprovechando el encargo que le hizo en noviembre de 1832 la London Philharmonic Society de escribir tres obras, una de las cuales acabó siendo esta Sinfonía italiana, que se estrenó el 13 de mayo de 1833 en un concierto en Londres dirigido por el mismo compositor. La Italiana es una obra luminosa, brillante pero equilibrada, de una gran exuberancia melódica magníficamente expuesta en un tejido orquestal refinado. «¡Será la pieza más feliz que he escrito jamás!», escribió Mendelssohn, que, recordémoslo, tan solo tenía 21 años. La gran simplicidad melódica y formal y la transparencia del tejido orquestal se convirtieron en un modelo para las futuras generaciones de románticos, que veían en esta música de Mendelssohn un prodigio de equilibrio. Él estaba muy satisfecho con ella y la consideraba su obra más exitosa, y en especial el cuarto movimiento. Curiosamente, esta sinfonía no se interpretó nunca en Alemania ni fue publicada en vida del autor, y es por eso que el número y el opus no se corresponden con el orden cronológico de creación.

El Concierto para violín en mi menor es la última gran obra en la producción de Mendelssohn, que no hay que olvidar que murió con tan solo 38 años. Lo compuso durante el verano de 1844, de vacaciones en Bad Soden, en la falda del monte Feldberg, cerca de Fráncfort, un lugar idílico, y en un momento dulce que él mismo describió así: «Comer y dormir, sin frac, sin piano, sin tarjetas de visita, ni carruajes, ni encargos, pero con burros, flores del campo, papel pautado, bloque de dibujos y con Cécile y los niños». En septiembre, ya en Berlín, terminó este monumento concertante para el violín, una obra primordial del repertorio para este instrumento, altamente poética y expresiva, que por primera vez en la historia desarrolla la cadenza íntegramente escrita en la partitura. La escritura orquestal es densa con abundantes contrastes, desde el lirismo exacerbado hasta pasajes dramáticos y abruptos, y siempre con el violín como rey de la fiesta, que despliega todo su arsenal desde el primer compás y desborda virtuosismo en el brillante movimiento final. El concierto presenta otras innovaciones estructurales, como el enlace de los tres movimientos sin solución de continuidad (con el uso de una nota mantenida por el fagot como sutil transición del segundo al tercero y que hace modular todo el aparato orquestal), o la colocación de la cadenza en plena sección central, y no al final del primer movimiento.

El Concierto fue dedicado al violinista Ferdinand David, amigo suyo desde la infancia, con quien mantuvo una jugosa correspondencia durante años en la que hablaba de esta obra y concretaba detalles técnicos de la parte del solista. Él la estrenó el 13 de marzo de 1845 en la Gewandhaus de Leipzig, con Niels Gade como director (el autor estaba débil de salud), y desde entonces es una de las obras más valoradas de Mendelssohn, y un pilar del concertismo romántico del siglo XIX.

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